¿Dios ha hecho un milagro en tu vida?
Los que creemos en Jesús no tenemos pocas historias: tenemos muchas. Problemas que parecían imposibles y que se resolvieron porque Dios metió su mano. El día del milagro nos alegramos, saltamos o, los más reservados, dijimos en voz baja: «Gloria a Ti, Señor».
Pero con el tiempo esas historias se nos van olvidando. Empezamos a pensar que quizá fue el médico, que el banco revisó nuestro historial, que nosotros hicimos las cosas bien. Y sin darnos cuenta le bajamos la intensidad al gozo. De eso trató el mensaje del domingo: el gozo de Su presencia.
El hombre de la puerta Hermosa
En Hechos 3, Pedro y Juan suben al templo a la hora de la oración, a las tres de la tarde. En la entrada, junto a la puerta llamada la Hermosa, estaba un hombre cojo de nacimiento. Todos los días lo llevaban cargando y lo sentaban ahí para pedir limosna. Esa era su rutina: no podía hacer otra cosa más que extender la mano.
Cuando vio a Pedro y a Juan, hizo lo de siempre: les pidió dinero. Ellos lo miraron fijamente y le dijeron: «Míranos». Y él los miró con ansias, esperando unas monedas. Pero ellos no traían dinero.
«Lo que tengo te doy»
Ese hombre no recibió lo que pidió. Recibió lo que no esperaba:
“No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.”
Hechos 3:6 · RVR1960
Pedro lo tomó de la mano derecha, la misma con la que pedía limosna, y lo levantó. Al instante sus pies y tobillos recibieron fuerza. No estaba alegre porque le hubieran dado el mejor billete del día, sino porque recibió lo que Dios sabía que necesitaba más que una moneda: la libertad de caminar sin depender nunca más de nadie. Esa es la libertad que Cristo nos ha dado a todos.
¿Dónde quedó ese gozo?
“Y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios.”
Hechos 3:8 · RVR1960
La pregunta es para nosotros: ¿Dios ha hecho un milagro de ese tamaño en tu vida? Conocer a Cristo es lo mejor que nos ha pasado. Entonces, ¿dónde quedó ese gozo, esa alegría, ese deseo de entrar a Su casa? ¿En qué momento se perdió y qué hizo que se perdiera?
El primer día que escuchaste la voz del Señor no querías que terminara. El gozo de Su presencia debe ser permanente. Y si hoy le dices: «Señor, quiero lo mismo que el primer día», Él no se va a molestar. Nos vuelve a llenar de gozo, de propósito y de alegría.
Tu nueva vida se ve
La gente vio a un hombre feliz caminando con Pedro y Juan, y al principio no lo reconoció. Cuando lo miraron bien, se dieron cuenta de quién era:
“Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.”
Hechos 3:10 · RVR1960
Muchas veces la gente no va a saber que cambiaste hasta que vea tu gozo. El cristianismo no se nota por lo que decimos («amén, aleluya, gloria a Dios»), sino por lo que produce la vida nueva. Por eso, preocúpate si alguien te dice: «Sigues siendo el mismo». Los milagros se notan, y el milagro de conocer a Jesús se nota.
Un ciego que no se quedó callado
En Juan 9, Jesús ve a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos preguntan de quién fue la culpa, y Jesús responde que nació así para que las obras de Dios se manifestaran en él. Le pone lodo en los ojos, lo manda a lavarse al estanque de Siloé, y el hombre regresa viendo.
Los fariseos lo interrogan una y otra vez. Sus propios padres no quieren hablar, por miedo a que los expulsen de la sinagoga. Pero él no se calla:
“Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.”
Juan 9:25 · RVR1960
Le costó: lo echaron de la sinagoga. Y aquí está la pregunta del domingo: ¿hasta dónde estás dispuesto a defender a quien hizo el milagro en tu vida? ¿Cuánto estás dispuesto a soportar para que todos sepan que fue Jesús?
El peligro de quedarnos donde estamos
Los miércoles, en el Discipulado de Sabiduría, hemos visto que cuando no crecemos tendemos a retroceder en la fe. Nos quedamos en lo básico y decimos «aquí estoy bien». Pero esa zona de confort es peligrosa: pueden pasar los años sin darnos cuenta, hasta que el nombre de Jesús ya no tiene autoridad en nuestra vida.

No olvides ninguno de sus beneficios
David tenía que recordárselo a sí mismo:
“Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.”
Salmo 103:2 · RVR1960
Podrás olvidar muchas cosas, pero jamás olvides quién hizo el milagro en tu vida. Cada vez que te acuerdes, vas a sentir una fuerza nueva y vas a decir: «Sí, vale la pena seguir adelante, porque antes era ciego y ahora veo».
Conclusión: gózate en Su presencia cada día
No lo hagas solo por siete días ni por un mes. Empieza hoy: cada mañana acuérdate de quién eras, de cómo pensabas y de cómo fue conocerlo. Como el ciego que caminó con los ojos manchados de lodo hasta el estanque y, al lavarse, por primera vez vio luz. Y cuando alguien te pregunte por qué vienes tan feliz, podrás decir: «Hace años el Señor me encontró, y no lo quiero olvidar».
Para pensar esta semana
- ¿Qué milagro ha hecho Dios en mi vida que he ido olvidando?
- ¿En qué momento empezó a bajar mi gozo por estar en Su presencia?
- ¿La gente nota que soy una persona nueva, o le parece que sigo siendo el mismo?
- ¿Hasta dónde estoy dispuesto a defender a quien hizo el milagro en mi vida?
Te esperamos el próximo domingo: 8:30 am en Huajuapan y 1:30 pm en Yolotepec.