Obstáculos dentro y fuera de nosotros
Comenzamos un tema nuevo con una frase que todos reconocimos en nuestra propia vida: todo el tiempo luchamos con cosas dentro y fuera de nosotros que se vuelven un obstáculo para discernir correctamente.
Queremos distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo verdadero y lo falso, y tomar decisiones que agraden a Dios. Pero algo se atraviesa. A veces viene de afuera; muchas otras veces viene de adentro, del propio corazón. Para entender ese obstáculo interior nos fuimos al final de Romanos 7 y al capítulo 8.
¿De quién está hablando Pablo?
Todo el estudio giró alrededor de una pregunta. Pablo escribe:
“Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”
Romanos 7:21-24 · RVR1960
¿A quién le está hablando Pablo aquí? ¿Y de quién está hablando? La respuesta más común es que habla como un creyente que todavía peca y que así será siempre: queremos hacer lo bueno, pero no podemos, y hay que acostumbrarse a vivir derrotados.
Una lucha que Pablo conoce bien
En el estudio vimos por qué esa postura se queda corta. Pablo les escribe a los romanos desde su propia experiencia, como diciéndoles: «Yo sé que ustedes luchan todo el tiempo, porque yo también lo viví. He descubierto esta realidad del ser humano: falla aunque quiera hacer lo bueno».
Y la razón es muy seria. No es que le falte esfuerzo o buena intención. Es que, a pesar de todo el esfuerzo que haga, el hombre sigue siendo esclavo del pecado. El pecado no es solo algo que hacemos: es un poder que nos domina y nos lleva cautivos. Por eso el grito de Pablo no es «tengo que esforzarme más», sino «¿quién me librará?». Necesita que alguien de afuera lo rescate.
Gracias doy a Dios, por Jesucristo
La respuesta llega en el siguiente versículo, y cambia todo el pasaje:
“Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.”
Romanos 7:25 · RVR1960
El que libera no es nuestro esfuerzo. Es Jesucristo. Por Él somos libres de esa esclavitud que ninguna fuerza humana pudo romper. Romanos 7 no es el final de la historia del creyente; es el retrato de lo que somos sin Cristo, y la puerta hacia lo que Él hace en nosotros.

Ninguna condenación
El capítulo 8 lo confirma de inmediato:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.”
Romanos 8:1-2 · RVR1960
Los que pertenecen a Cristo ya no viven bajo condenación. Y como le pertenecemos a Él, el poder del Espíritu que da vida nos da libertad del poder del pecado, ese poder que lleva a la muerte sí o sí.
Necesito el poder del Espíritu Santo
Aquí está el centro de la enseñanza. Si el obstáculo más grande para discernir está dentro de nosotros, la solución no puede venir de nosotros mismos. Necesitamos tres cosas:
- El poder del Espíritu Santo, no solo nuestra fuerza de voluntad.
- Una fe bien puesta en Jesucristo, y no en nuestros méritos ni en nuestras buenas intenciones.
- Que Él haga la obra completa de transformación y de salvación en nuestra vida.
Solo así podemos vivir la vida nueva que Dios nos promete en Su Palabra. No se trata de mejorar un poco a la persona vieja, sino de dejar que Dios haga a una persona nueva.
La luz que vence las tinieblas
Desde las primeras líneas de la Biblia, Dios trae luz donde había tinieblas:
“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.”
Génesis 1:3 · RVR1960
Y el Evangelio de Juan nos dice que esa luz tiene nombre:
“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. […] Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.”
Juan 1:4-5, 9 · RVR1960
Esa es la luz que necesitamos que viva y habite dentro de nosotros. Solo cuando Cristo, la luz verdadera, habita en el corazón, llegamos a ser personas nuevas.
Una vida con discernimiento
Y aquí regresamos al tema del discernimiento. Un corazón esclavizado por el pecado no puede distinguir bien, porque el mismo obstáculo está adentro. Pero una persona liberada por Cristo y guiada por el Espíritu empieza a ver con otra luz. La consecuencia de esa vida nueva es vivir con discernimiento: aprender a distinguir, con la luz de Cristo, lo que agrada a Dios.
Para pensar esta semana
- ¿En qué área de mi vida sigo intentando vencer el pecado solo con mi esfuerzo?
- ¿He leído Romanos 7 como una excusa para seguir derrotado, o como el grito que me lleva a Cristo?
- ¿Mi fe está puesta en Jesucristo o en lo bien que creo que lo estoy haciendo?
- ¿Qué tinieblas de mi corazón necesito llevar a la luz de Cristo esta semana?
- ¿Cómo puedo depender hoy del poder del Espíritu Santo antes de tomar una decisión?
Seguiremos con los obstáculos del discernimiento. Te esperamos el próximo miércoles a las 7:30 pm en Huajuapan para seguir aprendiendo juntos.